Por Allan Cruz Hernández, especialista en infraestructura y políticas públicas.

Ignorada o abandonada, la cultura corporativa puede representar un valor significativo para los inversionistas. De ahí que muchos líderes empresariales comiencen a revalorarla e incluso invertir en ella.

Al mismo tiempo, es un elemento que comienza a retomarse en la generación de políticas públicas para servir real y de forma eficiente a las sociedades.

En el ámbito empresarial, durante mucho tiempo se asumió que las habilidades blandas eran las impulsoras del valor, ahora se descubre el crucial rol que juega en ello la cultura. En el sector gubernamental también se devela la cultura como una base real a partir de la cual se pueden construir satisfactores sociales.

De hecho, la cultura en cualquier ámbito es una de las características más importantes de una empresa, pero también es una de las menos apreciadas y peor cuantificadas.

Investigaciones recientes documentan cómo la cultura corporativa sustenta casi todo lo que hacen los empleados, e incluso influye en la creación de valor a través de la producción de los trabajadores. No sólo eso: determina el atractivo como objetivos de fusiones o adquisiciones. Los hallazgos tienen implicaciones importantes para los gestores y también para los inversores.

Los datos son concluyentes: El 91% de los ejecutivos cree que la cultura es importante para sus empresas y el 79% la coloca entre los principales impulsores de valor. Incluso, el 54% de los ejecutivos asevera que se alejaría de la adquisición de una firma que no tiene una cultura compatible con la suya o, en el mejor de los casos, esperaría una “rebaja” en el precio de adquisición que oscila entre el 10 y el 30% en el caso de una disonancia cultural.

Pero el relevante rol cultural no se limita al ámbito corporativo. En gran medida, determina el éxito en la gestión e implementación de políticas públicas como la construcción de obras arquitectónicas y de ingeniería civil que catapulten oportunidades y empleo en determinados núcleos poblacionales.

Esto ocurre porque la cultura corporativa transita de los valores declarados de una empresa, lo que dice priorizar, y sus normas, que es cómo su gente se comporta realmente a diario. Si se traslada este concepto al ámbito gubernamental es lo que asumimos que es y lo que realmente ocurre en la sociedad.

Entonces, tanto en el ámbito empresarial como gubernamental, la cultura es una institución informal compuesta tanto por valores como por normas culturales. Es decir, tanto por manifiestos o deseos confrontados por la realidad cotidiana.

Bajo esta óptica, la cultura corporativa impregna todo lo que hace una empresa y, como tal, es un impulsor fundamental del valor financiero, que influye en todo, desde las mejores prácticas hasta la productividad.

Se puede entender mejor como los valores que defiende una localidad, y si su gente está o no a la altura de esos ideales en el trabajo que realiza. Las desconexiones alertan a las posibles contrataciones, el liderazgo o la comunidad de inversores.

La desconexión entre los valores y las normas puede generar menor productividad, mayor rotación o mal comportamiento. Dentro de la política es lo que genera rechazo e incertidumbre o percepción de falta de importancia de las acciones emprendidas por parte de las autoridades gubernamentales.

Llanamente: cultura es el puente entre ideales y realidades.

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